"Consultamos a algunos de nuestros narradores en torno a¿cómo nombrarlas sin caer en el terreno de la procacidad o la cursilería?
Una de las metas de los narradores podría tildarse de descabellada de lo ambiciosa que resulta: reproducir los misteriosos engranajes de la vida humana, tanto íntima como socialmente; intentar dibujar fragmentos de la vida del hombre con sus emociones, aspiraciones, ideales y dolores. Para ello debe explorar todos los aspectos de su cotidianidad. Nunca la frase "nada humano me es ajeno" ha resultado tan vital como en el oficio del narrador.Y un aspecto importantísimo del día a día del ser humano lo supone, sin duda, la intimidad sexual. Incluso autores que no tienen textos de ambiente erótico entre sus líneas de trabajo, se ven en la necesidad de describir una escena de intimidad sexual en un pasaje de su trabajo literario. La credibilidad juega un papel crucial en el resultado. ¿Cómo enfocar entonces el hecho sexual, desde un punto de vista eminentemente literario, de manera efectiva, sin pisar el terreno de la procacidad o de la cursilería?En Ficción Breve Venezolana, como parte de una serie de encuestas orientadas a dar respuestas a ciertas reflexiones sobre el oficio de narrar, quisimos consultar a algunos de nuestros autores en torno a este aspecto de la creación. A continuación, sus respuestas: "
"No abordar el tema
Para comenzar, existe un grupo de autores que no abordan escenas de tipo sexual, asumiendo no sentirse capaces de hacerlo adecuadamente. Esta tesis es compartida por aquellos que advierten que cada autor tiene una línea de trabajo y se especializa en una temática. Otros argumentan que nunca han leído literatura erótica (al menos en Venezuela) que le despierte interés. En este renglón se ubica a Eloy Yagüe, autor, entre otros, del libro Svástica de sangre. "Lamentablemente no creo poder ser de gran ayuda -advirtió al principio de la encuesta-. Yo entro en la definición de Liscano quien afirma que la sexualidad y el erotismo están ausentes en la literatura venezolana. Nunca he escrito una escena de este tipo, no sé cómo hacerlo. La literatura erótica que he leído me aburre soberanamente". Yagüe concluye, resignado, que sólo ha escrito, hasta ahora, "de muertos y crímenes".
Están en el diccionario "
"En un segundo renglón se encuentran autores que consideran que en literatura las partes pudendas se nombran con los términos comunes, haciendo la salvedad de que los poetas podrían encontrar posibilidades más elaboradas. Así lo señaló la experimentada novelista Ana Teresa Torres, quien afirmó que "la única manera de referirse a las partes pudendas es con los términos del diccionario, pene, vagina, vulva, etc. Salvo que los poetas encuentren mejores metáforas."
Depende del personaje
Un tercer grupo se encuentra en el justo medio de la situación. Estos autores consideran que las palabras serán procaces o cursis si se colocan en las bocas inadecuadas. Así lo señaló José Pulido, autor de, entre otros títulos, la reciente novela "La canción del ciempiés", quien afirma lo siguiente: "En literatura, los órganos sexuales del hombre y de la mujer (y todo lo que humana y virtualmente se puede hacer con tales recursos naturales no renovables) deben nombrarse de acuerdo al personaje que los nombra. Sólo son procaces y cursis cuando se ponen en boca equivocada. Son como las groserías: hay que saber cuándo usarlas y qué efecto se busca", agregando que "inclusive, los órganos sexuales tienen tantos nombres, que en sí mismos son diccionarios en potencia. Por supuesto, si un personaje rudo o rústico, pongamos por caso, un caletero, dice: `le metió el pipí en la totona´ lo menos que va a causar es risa, y el caletero de al lado le dirá `marico perdío´, como mínimo. Pero si lo dijera un niño no sonaría tan cursi. Si es un niño de cinco años, claro, porque si tiene más edad entonces parecerá guevón. "
"De similar parecer es la autora de novelas como "Lluvia" y miembro del jurado calificador de la reciente Bienal de Novela Adriano González León, Victoria De Stéfano, cuando señala que "se pueden nombrar genéricamente como genitales, o usar metáforas líricas o simplemente ingeniosas, incluso retruécanos, pero no creo que se deban esquivar los nombres más fuertes y directos tanto para el equipamiento femenino como el masculino (en realidad los hombres están mejor y más abultadamente equipados). Eso depende del texto en cuestión. La procacidad está en la forma y en las intenciones no en los nombres", concluye.
En esa misma línea, la narradora y poeta aragüeña Yadira Pérez, considera que "cada cuento tiene su necesidad, por tanto `esas partes´ deben ser nombradas de acuerdo a las necesidades del mismo. Por ejemplo, nunca personajes distintos, como un malandro, un profesor, un poeta, un ejecutivo, le darán el mismo nombre a las mismas partes sexuales. Lo importante en el texto es la credibilidad, es lo que no se debería sacrificar en atención a consideraciones sobre las categorías de las palabras".
El director de Panfletonegro, Daniel Pradilla, afirmó que "siempre me he sentido estúpido al escribir 'senos', 'pene y 'vagina' ¡Y prefiero no recordar las veces que he dicho esas palabras en voz alta! Momentos realmente vergonzosos en los que confirmo que mi vocabulario tiene severas fallas". Reflexiona el también poeta en tránsito que "quizás la tarea como 'gente que escribe' es elaborar personajes que no se sientan incómodos al llamar a las cosas por su nombre biológico -y con cosas me refiero a las sillas, las mesas y los lápices-, así como otros personajes que nos retraten tal como somos: esos bichos groseros que dicen cuca, bollo, paloma y güevo."
Otro convencido de la íntima relación entre la palabra y el personaje, es Juan Carlos Mendez Guédez, quien desde España asevera: "Creo que toda incertidumbre generada por la escritura se resuelve en la escritura misma. Se trata de oir al texto, de ser su cómplice. Intento no escribir con claves previas, con ideas resueltas de antemano. Por eso algunas novelas o cuentos me piden un lenguaje sobrio, de tenue erotismo, y en otros casos, la historia me exige una deliciosa procacidad a la que yo no me niego". Mendez Guédez no obstante, deja en el aire una inquietud en cuanto al riesgo de los localismos: "Pienso, eso si, que hay en el lenguaje cotidiano vinculado a lo sexual un riesgo de incomunicacion latente; cada lugar del mundo cambia los nombres de los órganos sexuales, para sólo citar un ejemplo, y en algún caso se transforma hasta el género. ¿Cómo lograr expresar lo que deseas sin que para muchos lectores suene risible, extraño, chistoso?"
La universalidad de los localismos "
"En la línea opuesta al planteamiento final de Mendez Guédez, se encuentra el ganador del reciente concurso de Fundalita y de la más reciente convocatoria de Sacven, Salvador Fleján, quien, por el contrario, apuesta por la universalidad del localismo. "Como decía el filósofo Joselo: `Borra es borra y cipo es cipo´. Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Aunque en mi caso particular prefiero ciertos localismos que poseen una `carga semántica´ universal. ¿O me vas a decir que la voces `totona´ o `poncha´ no evocan, aún para un checheno, algo mullido, acuoso y decididamente gozón? Por el contrario, el tecnicismo `vagina´ más bien me hace pensar en ginecólogo enguantado, en libro de puericultura, en marca de olla.
La sublimación como estrategia
En otros casos, los autores se entregan a plasmar la crudeza del texto para luego del reposo filtrar lo escrito, en busca de una elaboración más amable. Así funciona Sonia Chocrón. "Usualmente escribo, cualquiera que sea el tema, con absoluta irresponsabilidad, y olvido tópicos como la procacidad o la cursilería. Sin embargo, luego del reposo necesario del texto, entiendo que el idioma de la poesía, de donde provengo, me salva, primero de mí misma, y luego, de los posibles ruidos del lenguaje para nombrar la sexualidad y sus aristas."
Es de igual manera el caso del ganador de la Bienal Adriano González León, Milton Quero Arévalo, quien prefiere eludir lo abiertamente explícito. "Siempre he procurado sugerir y no mostrar abiertamente el acto sexual, ya que puedo caer en la trampa de la gratuidad. El reto literario es decirlo en formas y planos de la realidad que no sean molestas para el lector, y para ello contamos con la poesía, las mudas, el juego verbal, etc. Un magnífico ejemplo de esto es Gustavo Flaubert en su Madame Bovary. ¿Recuerdas la escena del carruaje?, ¿cómo el acto sexual es sugerido con tal elegancia y poesía que ya es un clásico para nosotros? Por otro lado la sexualidad es algo inmanente al ser humano, forma parte de nosotros, debemos ser osados, pero en el tratamiento y el estilo, a la final todo es cuestión de estilo. Obras magníficas y bien estructuradas se pueden perder por la pacateria en el tratamiento del tema, pero también por el abuso. ¡elegancia y sentido de la trascendencia! han de ser la consigna", proclama."
Una de las metas de los narradores podría tildarse de descabellada de lo ambiciosa que resulta: reproducir los misteriosos engranajes de la vida humana, tanto íntima como socialmente; intentar dibujar fragmentos de la vida del hombre con sus emociones, aspiraciones, ideales y dolores. Para ello debe explorar todos los aspectos de su cotidianidad. Nunca la frase "nada humano me es ajeno" ha resultado tan vital como en el oficio del narrador.Y un aspecto importantísimo del día a día del ser humano lo supone, sin duda, la intimidad sexual. Incluso autores que no tienen textos de ambiente erótico entre sus líneas de trabajo, se ven en la necesidad de describir una escena de intimidad sexual en un pasaje de su trabajo literario. La credibilidad juega un papel crucial en el resultado. ¿Cómo enfocar entonces el hecho sexual, desde un punto de vista eminentemente literario, de manera efectiva, sin pisar el terreno de la procacidad o de la cursilería?En Ficción Breve Venezolana, como parte de una serie de encuestas orientadas a dar respuestas a ciertas reflexiones sobre el oficio de narrar, quisimos consultar a algunos de nuestros autores en torno a este aspecto de la creación. A continuación, sus respuestas: "
"No abordar el tema
Para comenzar, existe un grupo de autores que no abordan escenas de tipo sexual, asumiendo no sentirse capaces de hacerlo adecuadamente. Esta tesis es compartida por aquellos que advierten que cada autor tiene una línea de trabajo y se especializa en una temática. Otros argumentan que nunca han leído literatura erótica (al menos en Venezuela) que le despierte interés. En este renglón se ubica a Eloy Yagüe, autor, entre otros, del libro Svástica de sangre. "Lamentablemente no creo poder ser de gran ayuda -advirtió al principio de la encuesta-. Yo entro en la definición de Liscano quien afirma que la sexualidad y el erotismo están ausentes en la literatura venezolana. Nunca he escrito una escena de este tipo, no sé cómo hacerlo. La literatura erótica que he leído me aburre soberanamente". Yagüe concluye, resignado, que sólo ha escrito, hasta ahora, "de muertos y crímenes".
Están en el diccionario "
"En un segundo renglón se encuentran autores que consideran que en literatura las partes pudendas se nombran con los términos comunes, haciendo la salvedad de que los poetas podrían encontrar posibilidades más elaboradas. Así lo señaló la experimentada novelista Ana Teresa Torres, quien afirmó que "la única manera de referirse a las partes pudendas es con los términos del diccionario, pene, vagina, vulva, etc. Salvo que los poetas encuentren mejores metáforas."
Depende del personaje
Un tercer grupo se encuentra en el justo medio de la situación. Estos autores consideran que las palabras serán procaces o cursis si se colocan en las bocas inadecuadas. Así lo señaló José Pulido, autor de, entre otros títulos, la reciente novela "La canción del ciempiés", quien afirma lo siguiente: "En literatura, los órganos sexuales del hombre y de la mujer (y todo lo que humana y virtualmente se puede hacer con tales recursos naturales no renovables) deben nombrarse de acuerdo al personaje que los nombra. Sólo son procaces y cursis cuando se ponen en boca equivocada. Son como las groserías: hay que saber cuándo usarlas y qué efecto se busca", agregando que "inclusive, los órganos sexuales tienen tantos nombres, que en sí mismos son diccionarios en potencia. Por supuesto, si un personaje rudo o rústico, pongamos por caso, un caletero, dice: `le metió el pipí en la totona´ lo menos que va a causar es risa, y el caletero de al lado le dirá `marico perdío´, como mínimo. Pero si lo dijera un niño no sonaría tan cursi. Si es un niño de cinco años, claro, porque si tiene más edad entonces parecerá guevón. "
"De similar parecer es la autora de novelas como "Lluvia" y miembro del jurado calificador de la reciente Bienal de Novela Adriano González León, Victoria De Stéfano, cuando señala que "se pueden nombrar genéricamente como genitales, o usar metáforas líricas o simplemente ingeniosas, incluso retruécanos, pero no creo que se deban esquivar los nombres más fuertes y directos tanto para el equipamiento femenino como el masculino (en realidad los hombres están mejor y más abultadamente equipados). Eso depende del texto en cuestión. La procacidad está en la forma y en las intenciones no en los nombres", concluye.
En esa misma línea, la narradora y poeta aragüeña Yadira Pérez, considera que "cada cuento tiene su necesidad, por tanto `esas partes´ deben ser nombradas de acuerdo a las necesidades del mismo. Por ejemplo, nunca personajes distintos, como un malandro, un profesor, un poeta, un ejecutivo, le darán el mismo nombre a las mismas partes sexuales. Lo importante en el texto es la credibilidad, es lo que no se debería sacrificar en atención a consideraciones sobre las categorías de las palabras".
El director de Panfletonegro, Daniel Pradilla, afirmó que "siempre me he sentido estúpido al escribir 'senos', 'pene y 'vagina' ¡Y prefiero no recordar las veces que he dicho esas palabras en voz alta! Momentos realmente vergonzosos en los que confirmo que mi vocabulario tiene severas fallas". Reflexiona el también poeta en tránsito que "quizás la tarea como 'gente que escribe' es elaborar personajes que no se sientan incómodos al llamar a las cosas por su nombre biológico -y con cosas me refiero a las sillas, las mesas y los lápices-, así como otros personajes que nos retraten tal como somos: esos bichos groseros que dicen cuca, bollo, paloma y güevo."
Otro convencido de la íntima relación entre la palabra y el personaje, es Juan Carlos Mendez Guédez, quien desde España asevera: "Creo que toda incertidumbre generada por la escritura se resuelve en la escritura misma. Se trata de oir al texto, de ser su cómplice. Intento no escribir con claves previas, con ideas resueltas de antemano. Por eso algunas novelas o cuentos me piden un lenguaje sobrio, de tenue erotismo, y en otros casos, la historia me exige una deliciosa procacidad a la que yo no me niego". Mendez Guédez no obstante, deja en el aire una inquietud en cuanto al riesgo de los localismos: "Pienso, eso si, que hay en el lenguaje cotidiano vinculado a lo sexual un riesgo de incomunicacion latente; cada lugar del mundo cambia los nombres de los órganos sexuales, para sólo citar un ejemplo, y en algún caso se transforma hasta el género. ¿Cómo lograr expresar lo que deseas sin que para muchos lectores suene risible, extraño, chistoso?"
La universalidad de los localismos "
"En la línea opuesta al planteamiento final de Mendez Guédez, se encuentra el ganador del reciente concurso de Fundalita y de la más reciente convocatoria de Sacven, Salvador Fleján, quien, por el contrario, apuesta por la universalidad del localismo. "Como decía el filósofo Joselo: `Borra es borra y cipo es cipo´. Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Aunque en mi caso particular prefiero ciertos localismos que poseen una `carga semántica´ universal. ¿O me vas a decir que la voces `totona´ o `poncha´ no evocan, aún para un checheno, algo mullido, acuoso y decididamente gozón? Por el contrario, el tecnicismo `vagina´ más bien me hace pensar en ginecólogo enguantado, en libro de puericultura, en marca de olla.
La sublimación como estrategia
En otros casos, los autores se entregan a plasmar la crudeza del texto para luego del reposo filtrar lo escrito, en busca de una elaboración más amable. Así funciona Sonia Chocrón. "Usualmente escribo, cualquiera que sea el tema, con absoluta irresponsabilidad, y olvido tópicos como la procacidad o la cursilería. Sin embargo, luego del reposo necesario del texto, entiendo que el idioma de la poesía, de donde provengo, me salva, primero de mí misma, y luego, de los posibles ruidos del lenguaje para nombrar la sexualidad y sus aristas."
Es de igual manera el caso del ganador de la Bienal Adriano González León, Milton Quero Arévalo, quien prefiere eludir lo abiertamente explícito. "Siempre he procurado sugerir y no mostrar abiertamente el acto sexual, ya que puedo caer en la trampa de la gratuidad. El reto literario es decirlo en formas y planos de la realidad que no sean molestas para el lector, y para ello contamos con la poesía, las mudas, el juego verbal, etc. Un magnífico ejemplo de esto es Gustavo Flaubert en su Madame Bovary. ¿Recuerdas la escena del carruaje?, ¿cómo el acto sexual es sugerido con tal elegancia y poesía que ya es un clásico para nosotros? Por otro lado la sexualidad es algo inmanente al ser humano, forma parte de nosotros, debemos ser osados, pero en el tratamiento y el estilo, a la final todo es cuestión de estilo. Obras magníficas y bien estructuradas se pueden perder por la pacateria en el tratamiento del tema, pero también por el abuso. ¡elegancia y sentido de la trascendencia! han de ser la consigna", proclama."
Tomado sin cambio alguno de http://www.ficcionbreve.org/ensayos/encues01.htm
Yo en lo personal creo que la línea entre lo "necesario" (desde el punto de vista que nos compete) y lo soez o cursi es tan tenue que pocos, muy pocos privilegiados han podido concretar su trabajo sin cruzarla. En realidad, las imagenes y los relatos de carga sexual son necesarios sólo en tanto el relato o narración trate directamente sobre ello. Caso contrario, no son más que el adorno que funge de gancho para atrapar aternciones. Me sorprende escucharme a mi mismo decir esto. En especial si considero que soy un amante voraz de literaturas "fuertes". Pero trato de ser honesto conmigo mismo. Y si... pienso que el verdadero reto es crear una narrativa valiosa prescindiendo de ciertas palabras o imagenes. Paradiso de Lezama Lima por ejemplo es visto a la luiz de muchos críticos como un reflejo de la homosexualidad de su autor. pero yo reto a que alguien encuentre en ese texto ícono de la literatura latinoamericana una sóla imagen narrativa que pueda considerarse "sexual". Esa es la tenue línea que muchos atraviesan sin darse cuenta y otros grandes escritores reconocen y no la cruzan ¿Ustedes qué piensan?